viernes, 7 de agosto de 2015

MI GATO NO NECESITA CAZAR


Hoy he visto a mi gata cazar a una abeja: maullaba, la perseguía, varias veces se la metía en la boca para soltarla enseguida dando una especie de grito/maullido... Observándolas pensaba en la distinta visión de la realidad que estaban viviendo la gata y la abeja.

Se que los gatos domésticos mantienen siempre su instinto cazador, y que muchas veces «cazan» y luego no saben qué hacer con lo que han cazado. ¿Son malvados, agresivos... inconscientes? Es esto último, en general todos los vemos claro. Un gato doméstico no necesita cazar, tiene sus necesidades alimenticias cubiertas, ignora que son sus instintos los que están actuando en él. No ha despertado la suficiente conciencia como para darse cuenta de que los instintos son automatismos que lo condicionan y le hacen hacer cosas que a veces son innecesarias, como cazar para comer cuando tienes a tu disposición toda la comida que necesitas.

La cuestión es que los instintos, al menos en este caso, tienen más de una función. ¿La caza, en un gato, solo sirve para alimentarse? No soy ninguna experta en gatos ni en zoología en general, pero me atrevo a deducir que puede servir también, de algún modo, como entretenimiento o para descargar adrenalina, para mantenerse en forma, para hacer cosas que de alguna forma sean útiles...

Recuerdo que una vez un psicólogo contaba que en una visita que Sigmund Freud realizó a EE.UU., le hicieron una entrevista en la cual, con su habitual talante pragmático, le hicieron más o menos la siguiente pregunta: ¿Diga, en dos palabras, el secreto de la felicidad (o de la salud psicológica)?, y Freud contestó «Amor y trabajo». Es decir, algo que hacer y alguien con quien compartir lo que haces. Me pareció genial Freud. Todos necesitamos algo que hacer, algo que resulte útil, lo que otro gran psiquiatra, Victor Frankl, definiría como una vida con sentido.

Los seres humanos tenemos instintos, como los gatos, y muchos otros automatismos aprendidos. Los instintos tienen una razón de ser, no están ahí para fastidiarnos, no son malvados. Son instintos. El instinto de caza está relacionado con una necesidad básica, comer, que a su vez está relacionado con otra necesidad básica, vivir. ¿Es malo comer para vivir? Evidentemente no. ¿Qué pasa cuando sentimos el impulso de un instinto? Quizás esté ahí el verdadero meollo del arte de ser Humano, Hombre, Ser Consciente, etc. El hombre puede desarrollar la capacidad de crear un espacio entre el estímulo y su respuesta ante él. Decimos que un hombre es un «animal» o una «bestia» cuando actúa dejándose llevar solo por sus instintos, sin hacer uso de ese don tan complicado de usar como es el libre albedrío. Dicho así parece muy fácil, pero todos sabemos que a la hora de la verdad las cosas resultan distintas. Por una parte es un arte que ha de ejercitarse, y hay quienes están más avanzados en ese proceso y otros que menos; por otro lado a cada cual le «aprieta el zapato» por algún sitio. Es decir, que aquello que a ti te resulta difícil controlar para mí resulta facilísimo (y te suelo juzgar por ello), mientras que lo que a ese otro le resulta tan sencillo como respirar tu te sientes incapaz de controlarlo.



Cuando uno se encuentra ante una situación así debe usar del don de la inteligencia, porque no todo se conquista a fuerza de voluntad, o no solo a fuerza de voluntad. La voluntad también necesita ejercitarse, no todos la llevamos de serie. Pongamos un ejemplo, utilizando a mi gata. De repente tomo conciencia de que no necesito cazar y que, por lo tanto, no tiene ningún sentido hacerlo. Lo he hecho hasta ahora no porque yo sea un ser malvado sino porque no me había dado cuenta (ignorancia). Y además estoy haciendo sufrir a un ser vivo inútilmente. Pero el instinto sigue ahí, cada vez que veo una mosca pasar, o un ratoncito correr, el instinto me puede. Puedo usar de la sola fuerza de voluntad para controlarme, pero, como decía, no todos la llevamos de serie y, además, desgasta mucho trabajar con uno mismo de esa manera. Uso mi inteligencia: ¿qué busca este instinto además de mantenerme sano, fuerte y con vida? ¿De qué otras maneras puedo dar respuesta a esas necesidades? Y ahí entra en funcionamiento nuestras experiencias previas, nuestro temperamento, nuestra creatividad... Si soy de naturaleza mística puedo trabajar el amor y el respeto por toda forma de vida, hasta el punto de que vea una abeja y me maraville ante esa expresión de la Vida, desaparecido ya todo instinto cazador. Puedo ser de una naturaleza más pragmática y buscar vías alternativas de distracción y desgaste de energía/adrenalina (juego, deporte, etc.). Las respuestas son infinitas. Lo importante es no conformarse con la vía de la represión de los instintos, la historia demuestra que eso en general no ha llevado a nada bueno. No se trata de reprimir sino de poner en marcha nuestra creatividad para buscar distintas vías de canalización de todo un bagaje instintivo que lleva millones de años en funcionamiento.

Quizás se trate, más que de canalizar, de ampliar, de elevarse, de mirar de una forma distinta. ¿Y si mi instinto de supervivencia individual, que acompaña al hombre desde el mismo momento en que empieza a respirar, lo amplio hasta abarcar a todos mis seres queridos, y después a toda mi ciudad, y después a toda la humanidad, y después a toda forma de vida, y después a todo el universo? A eso yo lo llamo Evolución, no solo sería la respuesta a nuestro instinto de supervivencia tanto personal como individual, sino que creo que ese paso ya lo han dado hombres de la talla de un Gandhi, una Madre Teresa de Calcuta o un Buda (por decir solo nombres de algunos que son por la mayoría de personas conocidos).


jueves, 25 de junio de 2015

Artículo "La verdad en Pitágoras"




 El "espíritu" de la verdad resulta al hombre bastante esquivo, casi inapresable. Son tantos los conceptos de verdad que pueblan la filosofía y la ciencia, tantos los que han estado y están seguros de ostentarla..., que creo que hemos de acercarnos a ella como nos acercaríamos a una joya de inestimable valor y delicada envoltura, con suavidad e infinita humildad ante el resplandor de su belleza. Hoy quiero compartir una reflexión que escribí para la revista digital Homonosapiens acerca de la verdad en el pitagorismo, escuela filosófica cuya exquisita cortesía siempre me ha admirado.  

http://www.homonosapiens.es/la-verdad-en-pitagoras/


viernes, 23 de enero de 2015

LA ESTRELLA DE LA LUZ: SUPERAR EL MIEDO AL PROPIO BRILLO


Ayer pude disfrutar de unas horas en compañía de la persona a la que considero mi maestra y, aunque en los tiempos que corren mostrar abiertamente amor profundo y admiración por una persona que no sea un deportista, un cantante o un actor esté muy mal visto, no me importa decirlo. Me cansa tanta hipocresía. Estuvimos hablando de distintas cosas, y leyó un poema precioso, inspirador, que conmueve y eleva porque la luz de lo verdadero brilla en él. Este poema es “Nuestro miedo más profundo” de Marianne Williamson.



Nuestro miedo más profundo
Nuestro miedo más profundo no es el de ser inapropiados. Nuestro miedo más profundo es el de ser poderosos más allá de toda medida.
Es nuestra luz, no nuestra oscuridad, lo que nos asusta.
Nos preguntamos: ¿Quién soy yo para ser brillante, precioso, talentoso y fabuloso? Más bien, la pregunta es: ¿Quién eres tú para no serlo? Eres hijo del universo.
No hay nada iluminador en encogerte para que otras personas cerca de ti no se sientan inseguras.
Nacemos para poner de manifiesto la gloria del universo que está dentro de nosotros,como lo hacen los niños. Has nacido para manifestar la gloria divina que existe en nuestro interior.
No está solamente en algunos de nosotros: Está dentro de todos y cada uno.
Y mientras dejamos lucir nuestra propia luz, inconscientemente damos permiso a otras personas para hacer lo mismo. Y al liberarnos de nuestro miedo, nuestra presencia automáticamente libera a los demás.”


La extraña tendencia a la ocultación del propio brillo es uno de los temas en los que tuvimos que realizar una indagación personal cuando me estaba formando como Asesora Filosófica, y ya me llamó mucho la atención entonces. ¿Qué nos ha hecho el mundo, las formas políticas, nuestra cultura, la educación religiosa, etc., para que nos inhibamos tanto que sólo parecen tener vida y poder de decisión nuestras máscaras, nuestro ego? ¿Por qué caminos tan errados hemos viajado para llegar a este punto?

Hemos de preguntarnos si hay en nosotros resistencia a aceptar nuestra fortaleza, ¿es más cómodo, más fácil, más “conocido” aliarse con nuestra parte débil que con nuestra parte fuerte? ¿Quién sabe a dónde nos llevará esa voz?, y el miedo nos inhibe. Sentir odio, frustración, insatisfacción con uno mismo es algo que en cierto modo se alimenta, como que ese es el acicate para ser mejores, más exitosos en la vida o más merecedores del cielo en la otra. Pero manifestar abiertamente nuestro amor hacia nosotros mismos..., en general no nos atrevemos, aparece rápidamente un sentimiento de culpa. ¿Cómo me voy a amar, si estoy a “años luz” de ser lo que “debería” ser? Y como nuestra programación mental, o cultural, o egoica, o como queramos llamarla, siempre está a gran distancia de ser lo que debiéramos ser, nunca orientamos la luminosa mirada del amor sobre nosotros mismos.

Se habla mucho de represión sexual, las consultas de los psicólogos y sexólogos están llenas, surgen debates y programas televisivos al respecto pero, ¿se habla alguna vez de represión espiritual?, ¿de la lacra social que existe sobre la idea de vivir con plenitud la propia esencia? Si nuestros hijos nos dicen que de mayor quieren ser médicos, abogados, etc., nos parece bien, pero si alguno nos dice que a lo que aspira en la vida es a Ser, con mayúsculas, y que a eso va a dedicar sus mayores esfuerzos, nos echamos a temblar.

El filósofo Nietzsche, en su genealogía de la moral, ya nos advertía de que la moral europea es una moral de débiles e impotentes, una moral del resentimiento. Señalaba que la moral europea ha nacido de la desconfianza en el propio poder creativo, de la desconfianza en la belleza [y de ahí el nacimiento del culto artístico a lo feo], y de la desconfianza en la felicidad [¡cuidado con la felicidad, estáte atento que a la vuelta de la esquina te espera alguna trampa!]. La exaltación moral de una humildad mal entendida se ha llevado a cabo al precio de demonizar el propio brillo, la propia fuerza.

No reconocer nuestras virtudes, nuestras fortalezas, nuestra luz, es una actitud deplorable, muestra ingratitud hacia los dones recibidos y hacia los dones conquistados. A mi maestra le emocionaba especialmente el final del poemas, ese “Y mientras dejamos lucir nuestra propia luz, inconscientemente damos permiso a otras personas para hacer lo mismo. Y al liberarnos de nuestro miedo, nuestra presencia automáticamente libera a los demás.” De ayer a hoy he estado reflexionando sobre estas palabras. Creo que cuando hay un reconocimiento profundo de los propios dones, y mostramos nuestra gratitud dándoles espacio y dejándolos brillar en nosotros, nuestra mirada luminosa se intensifica y se despierta la capacidad de reconocerlos en cualquier lugar donde se encuentren. Cuando alguien se da a sí mismo permiso para brillar, esta abriendo una puerta que hasta ese momento permanecía cerrada, y la deja abierta para que yo vea que es posible, que puede hacerse. Su brillo ilumina, embellece y enriquece al mundo; me muestra cuan valiosa podría ser mi aportación; cuando su mirada se posa en mi y ve mis dones, los reconoce, me está ayudando a abrir mi propia puerta y a darme permiso para franquearla. Y como somos Uno en esencia, cada vez que uno de nosotros se da permiso para brillar se lo estamos dando a la humanidad entera.







martes, 2 de diciembre de 2014

LA ESTRELLA DE LOS ANIMALES DOMÉSTICOS: UN DESPERTAR EN BUENA COMPAÑÍA




Hoy me he despertado inmovilizada por mis dos mascotas, por mi perra pegada a mi costado derecho, y por mi gata pegada a mi costado izquierdo. En esos escasos segundos o minutos que dura esa especie de limbo en el que se encuentra nuestra mente en el momento del despertar del sueño, en el que está entre aquí y allá, uno a veces puede tener reflexiones extrañas, curiosas, poco racionales, libres, creativas... Supongo que todos podríamos contar vivencias al respecto. Yo me he sentido muy bien, a gusto, y ahora me doy cuenta de que se me ha escapado parte de lo que ha pasado por mi mente en ese momento, como sucede con los sueños. Su materia es tan sutil que pronto se deshacen hasta quedar flotando en nuestro recuerdo a modo de retazos de deshilachadas nubes.  



Cuando me he despertado y he notado su calor y su contacto he pensado en la relación tan especial que puede existir entre los hombres y los animales domesticados. En mi caso al menos yo los veo, y los siento, como que se dejan enteramente en tus manos sin ningún miedo, sin ninguna aprensión. Que eres el centro de su mundo. Les es indiferente si eres feo o guapo, joven o viejo, alto o bajo, rico o pobre. Perdón, eso es un error. No se trata exactamente de indiferencia, simplemente tales distinciones no existen. No tienen mente dual, como nosotros. Es como que ellos ven nuestra alma, nuestro Ser, y las sutilezas de nuestra personalidad encarnada son sólo eso, sutilezas de una personalidad encarnada.

¿Existe alguna relación parecida entres dos especies? Es la pregunta que acude en ese momento a mi mente, y se abre paso a través de ella una idea que me “despierta” y me deja pensando: “quizás la tantas veces nombrada relación entre dioses y hombres sea algo parecido. Ese sentimiento de dejarse enteramente en manos de... (dioses, Dios, Vida, Tao) sin ningún miedo ni aprensión. Sentir que sí eres importante, querido, cuidado, protegido.” “Ya -me digo a mí misma- pero en el caso que así fuera hay una diferencia fundamental, mi perro y mi gato pueden verme, tocarme. Estoy ahí realmente.” Y de esta idea me surge otra, y es que quizás sea un problema de percepción, de visión. No de que estén o no estén a nuestro alcance, sino de nuestra capacidad de verlos, de percibirlos. Porque es cierto que muchos hombres y mujeres no ven ni sienten nada que no sea tangible, material, perteneciente al rostro invisible de lo visible. Otros muchos no lo ven, pero si que lo perciben de alguna manera. Pero, ¿y las vivencias que nos han legado tantos y tantos místicos que en el mundo han sido? Un San Francisco de Asís, una Teresa de Avila, un Buda, un Lao Tse, etc. Leyéndoles te das cuenta que su relación con lo invisible fue tan intensa que en ellos la vivencia de lo sagrado no era una cuestión de fe, de intuición, sino de certeza absoluta.

Quizás con los dioses pase lo mismo que con los hombres: hay quienes cuidan mejor de sus mascotas y quienes lo hacen peor. Quizás los dioses también estén en evolución, a su manera. Una manera que nos es del todo inconcebible. Quizás lo que nos pase a los hombres es que no tenemos la capacidad de aceptación que tienen los animales. Nuestros animales aceptan plenamente que tengamos un mal día, que nos olvidemos de darles su ración de pienso a la hora y se la demos más tarde, que les prohibamos hacer determinadas cosas aunque no acepten a comprender el por qué, etc. No nos critican por ello, ni nos odian, ni nos dejan, ni nos insultan. Nos aman igualmente. Creo que tengo mucho que aprender de su aceptación, de su capacidad de disfrutar del momento, de su autenticidad, de su falta de doblez, de su capacidad de verte y de amarte sin reservas, sin velos. Te aman a ti, no a tu aspecto ni a tu cuenta bancaria.


 Perdón por mi reflexión de hoy, no es algo muy racional, es tan sólo la sombra del eco que me ha dejado un rapto “límbico”, un vuelo mental por los mundos inmateriales a que nos llevan los sueños.




viernes, 14 de noviembre de 2014

LA BELLEZA





Hoy revisando mis apuntes de cuando estudié la asignatura de Estética en la Licenciatura de Filosofía me he encontrado con este texto, que traduce en humildes palabras el sentimiento intraducible que nos despierta lo bello. El autor se pregunta por el color de la belleza, a modo de metáfora sobre que tratar de encerrar la belleza en un forma (en un color) le roba su grandeza, su misterio, su Ser. Mucho se puede hablar sobre la belleza, mucho se ha hablado de ella, hoy me conformo con recordar estas palabras.


¿TIENE COLOR LA BELLEZA?



No lo sé, solo sé la que siento y me agrada, me hace vibrar, me da vida cuando oigo “Body and soul” una composición jazzistica de los años 30 del siglo pasado. Su compositor (Coleman Hawkins) es de cuerpo (body) negro y su alma (soul)… ¿de qué color es?
Cuando alguien me dice que nuestra blanca cultura es el zenit de la civilización, tiemblo… ¿Tiene color la cultura,… la expresión artística?
Solo sé que me emociono… ¿es eso belleza?
No sé si lo bello es razón o sentimiento, no sé si es una ciencia o solo una sensación, pero… Ella Fitzgerald me mata con su voz… ¿De qué color tiene Ella la voz?... solo sé que es bella.
Me siento perdido cuando me preguntan de qué color es la belleza… sino sé de qué color es mi alma.
Me siento perdido como el hombre romántico frente al abismo de sensaciones que me desbordan… ¿es eso belleza?
Y yo… ¿soy cuerpo o soy alma? Cuando entra la belleza en mí…



José Santa Ortega

viernes, 7 de noviembre de 2014

EROS Y PSIQUE. SIMBOLISMO


En la época arcaica griega (siglos VIII a VI a.C.) aparecen las llamadas religiones mistéricas, y con ellas la concepción del hombre (que se había visto empobrecida con la religión homérica) se va enriqueciendo y ampliando. Desde el momento en que se concibe la existencia de una chispa divina en el hombre, y que cultivar ésta es la clave de la inmortalidad, aparece Psique no como sombra o Eidolon, sino como la más hermosa de las doncellas, capaz de enamorar al mismísimo Eros. Pero, ¿quién es Eros? En la visión homérica se le tiene por hijo de Afrodita y de Hermes o de Ares, e incluso de Zeus, y representa el deseo sexual. Versiones más antiguas sostienen que Eros salió del huevo del mundo, que fue el primero de los dioses, pues sin él ninguno de los demás habría podido nacer. ¿Qué es aquello que existe antes que nada, que no tiene padre ni madre, y sin lo cual nada existiría? El Amor.
Veamos ahora qué puede ofrecernos este mito, o al menos qué es lo que me dice a mí. Psique, por sí misma, en su pureza e ingenuidad, es tan bella como la mismísima Afrodita. Tan bella que enamora al mismísimo Amor, a Eros. Eros desobedece por ella a su madre. A Prometeo le pasó algo muy parecido, estaba enamorado de los hombres y eso le hizo desobedecer a Zeus. ¿Cuál es el poder que tiene el alma humana capaz de enamorar así a los mismos dioses?
Es interesante fijarse en que no es Psique la que se cree tan bella como Afrodita, no es ella la que se ver como una diosa viviente. Ella sufre las consecuencias de ese error perceptivo, sufre las consecuencias de los hombres que confunden las cosas bellas con la Belleza. Eros la hace su esposa, pero Psique es muy joven e ingenua, él no puede mostrarse ante ella tal cual es. De ahí su imposición de no mirarle ni hacer preguntas. Nada de utilizar los sentidos externos, y nada de meter por medio la mente racional. Psique debe aprender a reconocer íntimamente la presencia invisible del Ser, del Yo profundo, que no es otra cosa que Eros. Y lo hace, por eso se va enamorando de su misterioso marido, de su misteriosa esencia.
Y ahí es cuando aparecen las hermanas mayores, que vienen a representar el ego, esa voz insidiosa que critica, que tiene dudas, que tiene envidia, que tiene miedo. Es lo que en meditación se conoce como la mente que cuenta historias. Las hermanas cogen un par de datos y con eso se montan toda una historia, es lo que hace constantemente nuestra mente: montarse historias que nos creemos, historias sobre nosotros mismos (que si soy tal, que si soy cual, que si soy así, que si soy asá), y sobre los demás (esté es así, esté me ha mirado mal, me trata mal, es un caradura, es…). Y Psique, en lugar de aferrarse a lo que sabe, a sus certezas más íntimas, se cree la historia y empieza a dudar. Pero la vivencia previa no ha sido en vano, ha conocido lo que es estar conectada con su Ser, con lo más auténtico que hay en ella (lo que en India se llamaría Ananda, el éxtasis del Ser) y eso no lo puede olvidar. Queda el recuerdo, queda lo que Platón llamaría Reminiscencia del paraíso perdido, queda el fuego que el Amor ha despertado en ella. Incluso esta “preñada” del Amor, llegados a este punto no hay vuelta atrás. Antes de comenzar la búsqueda consciente del Amor, antes de comenzar las verdaderas pruebas, ha sido necesario un tiempo de vivencia íntima, silenciosa, con lo invisible. Sin ese periodo, todo lo que viene después es imposible. Es la primera fase de su iniciación.
Y si el alma humana quiere reconquistar a Eros, y unirse a él de una forma definitiva, en presencia de los dioses, ahora debe hacerlo por propio esfuerzo.
La primera prueba es la de separar, de un montón de siete tipos de semillas mezcladas, las unas de las otras. Aquí se conquista el discernimiento. El discernimiento va más allá de la mera inteligencia, y por eso se necesita de ayuda divina.
En la segunda prueba, la de recoger los vellones dorados, puede estar hablando de que los dones de la vida no se pueden obtener por la fuerza, que hay que saber esperar a que las cosas maduren, a que llegue el momento oportuno, y la vida te entregará todos sus tesoros. Para hacer esto se necesita haber conquistado previamente el discernimiento, que es esa voz que le aconseja sobre la mejor forma de hacer las cosas. Es la voz de la sabiduría.
En la tercera prueba debe llenar una copa de frágil cristal en las aguas del rio que atraviesa el Hades. Es el río de la muerte, y de la vida. Este rio es un recordatorio de que vida y muerte son una misma cosa, un río circular, un mismo río que en ciertos momentos corre por valles y montañas, y en otros momentos se hunde en las profundidades del averno. ¿Qué aprende aquí Psique? Esta es la parte que más me cuesta ver. Quizás esa frágil copa de cristal que contiene una cantidad determinada del agua de la vida represente nuestro frágil cuerpo, y Psique puede ver que aunque la copa pueda romperse en determinado momento el agua no se destruye, retorna al río del que es originaria.
Y en su última prueba, como no, debe enfrentarse a la muerte y conquistar la inmortalidad consciente. Perséfone le entrega una cajita donde se halla el secreto de su belleza. ¿Qué secreto puede ser ese? Siendo reina del Inframundo sus secretos deben estar relacionados con él, con lo que sucede cuando la “Vida” se sumerge en las profundidades de lo invisible, cuando ha dejado de existir la copa de cristal. Pienso que se trata del conocimiento de nuestra esencia divina, la toma de plena consciencia de que somos de belleza perfecta.
Por último, cuando la duda y la desconfianza despiertan en Psique la curiosidad por ver a su esposo, esa es una curiosidad negativa fruto del miedo. Es una curiosidad nacida de la ignorancia. Ahora es un caso distinto. No abre la caja por miedo, abre la caja por sed de saber. Quiere el conocimiento de los misterios de la vida y la muerte, quiere el conocimiento del Ser (que es lo que permanece más allá de la vida y la muerte), quiere conquistar aquello que vislumbró brevemente mientras estuvo con Eros. Cuando adquiere ese conocimiento sobreviene la muerte iniciática, tras la cual despierta y es llevada ante los dioses para su boda definitiva con Eros.

¿Por qué Psique conquista sus alas, pero están son alas de mariposa? Porque Psique representa al alma humana. Los griegos hablaban de nous, psique y soma. Cuerpo, alma y espíritu. El alma tiene una naturaleza dual, puede mirar hacia el cielo y fundirse con Eros (el Ser, el Espíritu), o puede mirar hacia la tierra y dejarse llevar por sus hermanas y demás parientes. Cuando mira hacia Eros conquista sus alas de mariposa, que son hermosas pero frágiles, al igual que Psique. A partir de la llegada de las religiones mistéricas, y de la evolución de la visión de Psique, los griegos creían que cuando moría una persona y exhalaba su último aliento, el alma abandonaba el cuerpo volando en forma de mariposa.





lunes, 20 de octubre de 2014

LA ESTRELLA DE LA MITOLOGÍA: EROS Y PSIQUE


Hoy os traigo un de mis mitos favoritos, la historia de Eros y Psique. Hace ya muchos años que este mito me fascina, y cada vez que lo recuerdo me inspira más y más ideas, sentimientos, sensaciones... Es difícil de explicar, pero es lo que me pasa con los mitos en general, para mí su sabiduría es inagotable. Para no hacer una entrada demasiado larga hoy pongo aquí sólo la historia, un poco abreviada por mí y, en próximas entradas, iré poniendo lo que a mí me dice este mito. Estoy abierta a que compartáis lo que queráis acerca del mito, toda aportación resultará enriquecedora.

EL MITO DE EROS Y PSIQUE


En una ciudad de Grecia había un rey y una reina que tenían tres hijas. Las dos primeras eran hermosas, pero para ensalzar la belleza de la tercera, llamada Psique, no es posible hallar palabras en el lenguaje humano. Toda la población de Grecia y alrededores empezó a visitar el palacio de Psique para adorarla, mientras que los templos de Afrodita quedaron vacíos. Afrodita decidió que la joven Psique tenía mucho que aprender, por lo que hizo llamar a su hijo Eros y le hizo el siguiente encargo: “Haz que Psique se inflame de amor por el más horrendo de los monstruos, o por el más infame de los hombres” y, dicho esto, se sumergió en el mar con su cortejo de nereidas y delfines.
Psique conocía ya el precio amargo de su hermosura. La gente la trataba como a una diosa, y nadie era lo bastante osado para amarla de verdad. Sus hermanas mayores se habían casado ya, pero nadie se había atrevido a pedir su mano: al fin y al cabo, la admiración es vecina del temor… Sus padres consultaron entonces al oráculo: “A lo más alto del monte la llevarás, donde la desposará un ser ante el que tiembla el mismo Zeus”. El corazón de los reyes se heló, y donde antes hubo loas, todo fueron lágrimas por la suerte fatal de la bella Psique. Ella, sin embargo, avanzó decidida al encuentro de la desdicha.
Sobre un lecho de roca quedó Psique, en lo alto del monte, mientras el fúnebre cortejo nupcial se retiraba. Al poco se levantó una brisa suave que meció sus vestiduras y la elevó en el aire, y la depositó suavemente en una pradera cuajada de flores. Más allá se veía un palacio. Entró en él y quedó asombrada por la belleza del edificio y sus estancias; su asombro creció cuando unas voces angélicas la invitaron a comer de espléndidos platos y a acostarse en un lecho. Cayó entonces la noche, y en la oscuridad sintió Psique un rumor. Pronto supo que su secreto marido se había deslizado junto a ella. No podía verle en la oscuridad, sólo sentirle. Él se marchó antes del amanecer, y todas las noches regresaba para volver a ausentarse antes del alba. Psique empezaba a enamorarse de alguien a quien nunca había visto.
Él le puso, para ser su esposa y vivir en aquel maravilloso palacio, dos condiciones: la primera era no mirarle nunca a la cara, la segunda era no preguntar. En una ocasión su desconocido marido le advirtió que sus hermanas estaban a punto de ascender la montaña para buscarla. Le suplicó que no les prestara atención, pero cuando Psique las oyó llamándola y llorando, no puedo contenerse y pidió al viento que las llevara a su palacio. Cuando las hermanas vieron las joyas, las ricas vestimentas y todos los tesoros del palacio de Psique, tuvieron celos: “¿qué aspecto tiene tu esposo?”, le preguntaron con insistencia, y finalmente Psique tuvo que admitir que nunca lo había visto. “Es un monstruo –le dijeron-, por eso no tiene valor para mostrarse ante ti. Ahora estás embarazada y todo el mundo sabe que el manjar predilecto de los monstruos son las mujeres en cinta. Tienes que matarle antes de que él os mate a los dos; utiliza una lámpara para verle, ¡y cortarle la cabeza con un cuchillo!”
La ingenua Psique creyó todo lo que le dijeron sus hermanas. Encontró una lámpara y un cuchillo, y los escondió junto a la cama. Aquella noche, cuando su esposo se quedó dormido, encendió la lámpara y la acercó despacio al rostro de su amor dormido. Era… el propio dios Eros, joven y esplendoroso: unos mechones dorados acariciaban sus mejillas, en el suelo yacía el carcaj con sus flechas.
Cuando Psique se inclinó a besar a su esposo una gota de aceite hirviendo cayó de la lámpara que sujetaba con temblorosas manos. El dios despertó sobresaltado y, al ver traicionada su confianza, se alejó mudo y pesaroso. En la distancia se volvió y dijo a Psique: “Llora, sí. Yo desobedecí a mi madre desposándote. Te amo… Que te amo, tú lo sabes. Ahora el castigo a tu traición será perderme”. Y dicho esto se fue.
Psique se sentía tan desdichada que intentó ahogarse en un río, pero éste la reconoció como esposa de Eros y no le permitió morir. Finalmente Psique acudió a un templo de Afrodita a implorar su ayuda. Afrodita resulta ser una diosa muy dura cuando se ponen a prueba los dones del amor, e impuso a Psique cuatro pruebas para ser merecedora de unirse a Eros.
La primera prueba es una prueba clásica, que aparece en un cuento iniciático como es La Cenicienta: Afrodita le presenta un enorme cesto lleno de granos y semillas de maíz, cebada, mijo, girasol, chícharo, lenteja y frijoles, todo mezclado, y le dice: “Demuestra tu capacidad. Clasifica las semillas, aparta los granos según su especie y fíjate que la tarea esté finalizada antes del anochecer.” Para esta tarea tiene la ayuda de todo un ejército de hormigas, que al igual que el río, la reconocen como la amada de Eros.
En la segunda prueba Afrodita le dice a Psique que tiene que ir a un lugar situado al otro lado del río y traer vellones de lana dorada de los carneros del Sol que allí pacen. El viento en una caña quebrada, a manera de flauta, le dice que no debe hacerlo trasquilándolas, pues son carneros furiosos al mediodía y la darían muerte. Debe esperar al atardecer, que los carneros al rozarse con las ramas del bosque dejarán en él sus hebras de lana dorada.
En la tercera prueba, Afrodita envía a Psique a que llene una copa de cristal en uno de los ríos del Hades, aquel que se precipita por un majestuoso torrente desde una elevada montaña y luego desaparece bajo la tierra para regresar interiormente a la cima de la montaña en una corriente circular, que tiene por extremos las más elevadas cumbres y los más profundos avernos. Este extraño río se encuentra vigilado por terribles y peligrosos monstruos y no existe ningún lugar, cerca del torrente, en el que Psique pueda detenerse para llenar la copa. En esta ocasión es el mismo Zeus quien decide ayudarla, tomando partido por Eros, y le manda a su águila. El espléndido animal vuela hasta una Psique abatida por la desgracia y le pide que le de la copa de cristal. Con ella entre las garras, el águila vuela hasta el centro del torrente, inclina la copa hacia las peligrosas aguas y la llena, devolviéndosela luego a Psique, con lo que ésta logra finalizar con éxito la insuperable prueba.
En la cuarta prueba Psique debe descender a los infiernos, el reino de lo invisible, el reino de Hades. Afrodita le ordena visitar a Perséfone paea pedir para Afrodita el secreto de su belleza. Psique subió a una alta torre, decidiendo que el camino más corto al inframundo sería la muerte. Una voz la detuvo en el último momento y le indicó una ruta que le permitiría entrar y regresar con vida, además de decirle cómo pasar al perro Cerbero, convencer a Caronte y los otros peligros de dicha ruta. Recibe de Perséfone un cofre donde se guarda el secreto de su belleza, un tesoro del reino de la muerte que cura todo dolor. En teoría ese cofre no era para Psique, sino que Psique debía entregárselo a Afrodita sin abrir. Pero la curiosidad -distintivo de Psique, la curiosidad es la que le hace perder a Eros- le vence y abre la tapa del cofre, cayendo en un letargo similar a la muerte del que es liberada gracias a un beso de su amado Eros.

Tras esto ambos, Eros y Psique, ascienden al Olimpo, la morada de los Dioses, y por orden de Zeus son desposados. Psique bebe “del vino de los Dioses” y se hace inmortal, «Toma, Psique, bebe esto y serás inmortal; Eros nunca se apartará de ti; estas bodas vuestras durarán para siempre.» Es la voz de Zeus que otorga el fuego de los Dioses a quien se ha conquistado a sí mismo. A partir de este momento Psique tiene también alas, al igual que Eros, si bien las suyas son alas de mariposa y no las emplumadas de Eros.