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miércoles, 1 de junio de 2016

¿FILOSOFÍA? PERENNE, POR FAVOR


Estamos viviendo tiempos difíciles para la filosofía, no solo para el pensamiento crítico acerca de la sociedad en la que vivimos, de los valores que se nos imponen, de la educación que damos y recibimos, de las potencias que mueven los hilos a nivel mundial, etc.; también son tiempos difíciles para esa mirada reflexiva que indaga sobre la propia filosofía operativa, que pone la luz de la conciencia en el propio sistema de creencias que explica nuestra conducta, que aclara porque hacemos una cosa y no otra, porque vamos por un camino y no por otro. Nuestra filosofía de vida es la clave de nuestra libertad interior, ese lugar central desde el que podemos elegir cómo vivir incluso aquellas circunstancias que podemos catalogar de inevitables y en las que parece que no existe margen donde hacer uso de nuestra capacidad de elección.
La filosofía y los filósofos siempre han resultado algo incómodo, especialmente para aquellos segmentos de la sociedad a los que no les parece deseable que la gente piense, se cuestionen el modo de funcionar del mundo en el que viven, que aprendan que son dueños y responsables de sí mismos en todo momento y circunstancia. Pienso que de ahí el ahínco en convertir a la filosofía en sinónimo de especulación, de pura teoría que no tiene ningún punto de conexión con nuestra realidad externa ni con nuestra realidad interna. Nos han hecho olvidar que durante mucho tiempo fue considerada la vía por excelencia para alcanzar la plenitud vital.
Filosofía significa, etimológicamente hablando, amor a la sabiduría. Y ese es su sentido originario. La sabiduría, el saber, la verdad, va más allá de un mero conocimiento racional, implica un posicionamiento activo. La palabra «amor a» también implica una predisposición activa. Nunca se trató meramente de saber, y menos de adquirir conocimientos, lo esencial era encontrar la forma idónea de ser plenamente coherente: que lo que sabes, sientes y finalmente haces, vives, formen un solo ser. Creo que si somos capaces de alcanzar dicha coherencia filosófica alcanzaremos una serenidad indestructible, una felicidad existencial que predominará más allá de los vaivenes de nuestras circunstancias personales.
La coherencia personal se alcanza desde el conocimiento profundo de la realidad y de nosotros mismos y, por el contrario, el sufrimiento mental evitable nace siempre de las oscuras aguas de la ignorancia.
La historia de la filosofía, tanto de Oriente como de Occidente, desde esta perspectiva se torna un inmenso firmamento repleto de brillantes estrellas, pues cada verdad alumbrada es una luz que exorciza la oscuridad. Muchas son las estrellas que iluminan el camino, muchos los filósofos cuya vida y experiencia pueden ser útiles a otros que quieran transitar el mismo camino. Esta sabiduría no pertenece a nadie, no tiene nombre y apellidos, no posee un carácter cambiante como el de la filosofía especulativa. Un buen número de pensadores del siglo XX unificaron esta filosofía imperecedera bajo el nombre de «filosofía perenne».

Artículo aparecido en Homonosapiens http://www.homonosapiens.es/filosofia-perenne-por-favor/

martes, 24 de mayo de 2016

LA MIRADA FILOSÓFICA

Nuestras experiencias vitales, que no nuestras circunstancias de vida (empleando el término que utiliza Eckhart Tolle), dependen en gran medida de nuestra forma de mirar el mundo y hoy quiero compartir aquí algunas impresiones sobre lo que yo siento que es un mirar filosófico.
A nadie le gusta, conscientemente, ser engañado. Todo hombre ansia comprender lo que le sucede y lo que sucede en su entorno. El impulso de buscar lo verdadero, lo auténtico, lo real forma parte de nuestra naturaleza, es indisociable a esta. Si entendemos por filosofía amor a la sabiduría, este impulso bien canalizado da nacimiento a esa mirada filosófica. Aprender para poder obrar sobre la materia, para estar al día, para dotarnos de un aura de intelectualidad, para tener algo de que hablar, para lograr un puesto de trabajo…, nada de esto es verdadero saber. Son metas legítimas, por supuesto, pero si hacemos de ellas nuestros objetivos primordiales nos veremos abocados a una vida empobrecida, carente de plenitud y creatividad.
Como muy bien descubrió Viktor Frankl, psicólogo humanista, el ser humano tiene una profunda exigencia de sentido. El que afronta su vida y sus actividades como Sísifo afrontaba diariamente su infructuosa tarea, se sumerge en el más profundo vacío. Sísifo es un personaje de la mitología griega que, cuando va al infierno, el castigo que se le impone es precisamente ese, el de tener que realizar eternamente una tarea infructuosa: subir una gran roca a lo alto de una montaña y, justo antes de llegar, ver como esta caía rodando hacia abajo y vuelta a empezar, eternamente. El sinsentido es, ciertamente, un castigo infernal.
La pregunta que nos debemos hacer periódicamente no es acerca del sentido de la vida, sino acerca del sentido de mi vida, de su dirección. ¿Sé hacia dónde voy? ¿He reflexionado sobre ello? ¿Qué es lo que quiero, realmente? ¿En mi día a día estoy dedicando un tiempo a aquello que realmente quiero, o mi día a día esta plagado de actividades estrictamente utilitarias? Los grandes filósofos siempre han dicho que la filosofía no es algo utilitario, como el verdadero arte, sino que se le busca, se le ama, por sí misma. No sé si esto se entiende bien, pero es importante. Uno es filósofo no porque tenga un título, sino porque ama la verdad, y este amor le transforma y le lleva a una vida feliz, serena, plena. Pero no es porque la meta sea la felicidad. Si uno se acerca a la filosofía con la meta de la felicidad, o de la erudición, o cualquier otra, su mirada, esa mirada filosófica de la que hablo, se estrechará. En cambio si uno, humildemente, lo que busca es la verdad y que ésta tome posesión de él, su mirada se ampliara hasta abarcarlo todo.
Cuenta Viktor Frankl, cuando narra su experiencia como psicólogo y como hombre que ha estado en un campo de concentración nazi, que aquellos que tenían una rica vida interior, que sentían que había «sentido» en ella (alguien que les estaba esperando, un proyecto que sentían la necesidad vital de realizar, etc.) soportaban mucho más, y con una mayor dignidad, que aquellos que carecían de ese «sentido» vital. En consulta filosófica he conocido ya a muchas personas que objetivamente parecen tenerlo todo, pero que sienten que no tienen nada real, verdadero. Creen que no tienen ningún asidero firme que las sostenga, que les proporcione sentido y plenitud cuando todo lo que hay que hacer es cambiar el enfoque, la forma de mirar.
La mirada filosófica de la que estoy hablando nace cuando contemplamos las distintas realidades que se nos muestran sin objetivo alguno, sin tratar de extraer de ellas una función, una utilidad, un concepto. Observamos con sed de comprensión, de penetrar en su verdadero ser. Nada más, no hay exigencias, y como no exigimos se nos entrega Todo. ¿Qué pasa a partir de ahí?, no se puede expresar con un lenguaje racional, de ahí que los grandes maestros de sabiduría, místicos, artistas, etc. , hayan tenido que envolver su vivencia con colores, sonidos, metáforas, paradojas…

Artículo aparecido en Homonosapiens. http://www.homonosapiens.es/la-mirada-filosofica/

martes, 24 de noviembre de 2015

DESPUÉS DE LA BATALLA, DE LOIS McMASTER BUJOLD




Recientemente descubrí a la escritora Lois McMaster Bujold. Llegó a mis manos la trilogía fantástica sobre Chalion, libros de los que quiero hacer una entrada porque me gustaron mucho, especialmente algunas reflexiones de carácter teológico: el mundo de los dioses, y la relación humana con ellos, es un punto central en la trama de las novelas. Descubrí que esta escritora ha sido galardonada nada menos que cuatro veces con los Premios Hugo, y que es la creadora de una conocida y premiada serie de libros de Ciencia Ficción. Perteneciente a este género es la novela que terminé de leer ayer noche «Fragmentos de Honor». En esta novela, cuando finaliza la trama, la autora nos regala un relato corto titulado «Después de la batalla», que transcurre en el mismo universo que la novela principal, aunque su trama sea totalmente independiente.

Podría hacer comentarios acerca de él pero me parece innecesario, este relato es sencillamente perfecto, y precioso. ¡Deseo que lo disfrutéis tanto como yo!


DESPUÉS DE LA BATALLA

La nave destrozada flotaba en el espacio, una masa negra en la oscuridad. Todavía giraba, lenta e imperceptiblemente; un borde eclipsaba y engullía el brillante punto de una estrella. Las luces del grupo de salvamento corrían sobre el esqueleto. Hormigas, saqueando una polilla muerta, pensó Ferrell. Carroñeros…
Suspiró desazonado ante su pantalla de observación, y recordó la nave tal como era hacía unas pocas semanas. El naufragio se desplegó en su mente: un crucero, lleno de esas luces brillantes que le hacían pensar invariablemente en una fiesta vista a través de aguas nocturnas. Respondiendo siempre como una seda a la mente bajo el casco de su piloto, donde hombre y máquina penetraban la interconexión para convertirse en una sola cosa. Rápida, resplandeciente, funcional… Ya no. Miró a su derecha y se aclaró la garganta.
Bien, tecnomed —le dijo a la mujer que estaba a su lado, contemplando la pantalla con la misma intensidad sobrecogida que él—. Ése es nuestro punto de partida. Supongo que bien podríamos empezar ya.
Sí, por favor, oficial piloto. —Ella tenía una voz grave, adecuada para su edad, que Ferrell calculaba en unos cuarenta y cuatro años. Los cinco finos galones de plata de su manga izquierda resplandecían de manera impresionante contra el oscuro uniforme rojo del servicio médico militar de Escobar. Pelo oscuro veteado de gris, muy corto por necesidades del servicio, no por estilo; una amplitud propia de matrona en sus caderas. Una veterana, parecía. La manga de Ferrell todavía tenía que desarrollar incluso su sardineta de primer año, y el resto de su cuerpo aún mantenía cierta falta de desarrollo adolescente.
Pero ella no era más que una tecno, se recordó, ni siquiera médico. Él era un oficial piloto de pleno derecho. Sus implantes neurológicos y su formación de biofeedback eran completos. Se había licenciado y graduado… tres días demasiado tarde para participar en lo que ahora era conocido como la Guerra de los 120 Días. Aunque de hecho habían pasado 118 días y casi una hora entre el tiempo en que la punta de lanza de la flota invasora de Barrayar penetró el espacio local escobariano y el momento en que los últimos supervivientes huyeron del contraataque, corriendo hacia la salida del agujero de gusano para volver a casa como si buscaran una madriguera.
¿Desea que permanezcamos a la espera? —preguntó él.
Ella negó con la cabeza.
No. La zona interior ha sido bien trabajada en las tres últimas semanas. No espero encontrar nada en las primeras cuatro vueltas, aunque no está de más que seamos concienzudos. Tengo unas cuantas cosas que preparar en el departamento, y luego creo que daré una cabezada. Mi departamento ha estado terriblemente ocupado en los últimos meses —añadió, a modo de disculpa—. Falta de personal, ya sabe. Pero, por favor, llámeme si divisa algo. Prefiero manejar el tractor yo misma, cuando es posible.
Por mí, bien. —Se giró en la silla hacia la comconsola—. ¿Con qué masa mínima quiere que la ayude? ¿Unos cuarenta kilos?
Un kilo es el estándar que prefiero.
¡Un kilo! —Él se la quedó mirando—. ¿Está bromeando?
¿Bromear? —Ella le devolvió la mirada, y luego cayó en la cuenta—. Oh, ya veo. Estaba usted pensando en términos generales… Verá, puedo hacer una identificación positiva con piezas muy pequeñas. Ni siquiera me importaría detectar trocitos más pequeños que eso, pero con menos de un kilo se pasa demasiado tiempo con falsas alarmas como micrometeoros y otra basura. Un kilo parecer ser el mejor compromiso práctico.
Puaf.
Pero él colocó obedientemente sus sondas para una masa de un kilo, mínimo, y terminó de programar el rastreador.
Ella hizo un gesto con la cabeza; se retiró de la diminuta sala de navegación y control. La obsoleta nave correo había sido rescatada de la órbita basura y dotada rápidamente para convertirla en un transporte de personal para oficiales de rango medio (los jefazos con prisa tenían el monopolio de las naves nuevas), pero, como el propio Ferrell, se había graduado demasiado tarde para participar. Así que ambos se habían dedicado juntos a los aburridos deberes que él consideraba similares a la colocación de sanitarios, o cosas peores.
Contempló un último momento la reliquia de la batalla en la pantalla de proa, su andamiaje sobresaliendo como si fueran huesos a través de la piel, y sacudió la cabeza por semejante desperdicio. Luego, con un pequeño suspiro de placer, conectó su casco a los círculos plateados de sus sienes y su frente, cerró los ojos y tomó el control de la nave.
El espacio pareció extenderse a su alrededor, animado como el mar. Él era la nave, un pez, un tritón; sin respiración, sin límites, sin dolor. Conectó los motores como si una llama brotara de sus dedos, y empezó la lenta rotación en espiral de la pauta de búsqueda.
¿Tecnomed Boni? —Pulsó el intercomunicador de su cabina—. Creo que tengo algo para usted.
Ella se frotó la cara para espantar el sueño.
¿Ya? Qué hora… oh. Debía estar más cansada de lo que creía. Ahora mismo voy, oficial piloto.
Ferrell se desperezó y comenzó una serie automática de ejercicios en su asiento. Había sido una guardia larga y aburrida. Debería tener hambre, pero lo que contemplaba ahora a través de los visores le había quitado el apetito.
Boni apareció al momento y se sentó a su lado.
Oh, muy bien, oficial piloto. —Descolgó los controles del rayo tractor exterior y flexionó los dedos antes de asirlos con delicadeza.
Sí, no había mucha duda en eso —reconoció él, echándose hacia atrás y viéndola trabajar—. ¿Por qué tanto cuidado con los tractores? —preguntó con curiosidad, advirtiendo el bajo nivel de energía que estaba utilizando.
Bueno, ahora mismo están congelados, ya sabe —contestó ella, sin apartar los ojos de los indicadores—. Son quebradizos. Si no se va con cuidado, pueden romperse. Detengamos esa rotación, primero —añadió, casi para sí misma—. Un giro lento está mejor. Eso parece. Pero si giran rápido, a veces… debe ser muy incómodo para ellos, ¿no cree?
Él desvió su atención de la pantalla y se la quedó mirando.
¡Pero si están muertos, señora!
Ella sonrió lentamente mientras el cadáver, hinchado por la descompresión, los miembros retorcidos como congelados en un gesto de convulsión, era atraído lentamente hacia la bodega de carga.
Bueno, no es culpa suya, ¿no? Uno de nuestros camaradas, lo veo por el uniforme.
¡Puaf! —repitió él, y luego dejó escapar una risa nerviosa—. Actúa usted como si le gustara.
¿Gustarme? No… Pero llevo ya nueve años en Recuperación e Identificación de Personal. No me importa. Y, naturalmente, trabajar en el vacío es siempre un poco más agradable que el trabajo planetario.
¿Más agradable? ¿Con esa maldita y horrible descompresión?
Sí, pero hay que considerar también los efectos de la temperatura. No hay descomposición.
Él tomó aire y lo dejó escapar lentamente.
Ya veo. Supongo que uno se vuelve… duro, con el tiempo. ¿Es cierto que los llaman ustedes témpanos?
Algunos sí —admitió ella—. Yo no.
Ella maniobró el cuerpo cuidadosamente a través de las puertas de la bodega de carga y las cerró.
Temperatura dispuesta para descongelación lenta. Lo podremos manejar dentro de unas pocas horas —murmuró.
¿Cómo los llama usted? —preguntó él mientras ella se levantaba.
Personas.
Ella recompensó su asombro con una sonrisita, como un saludo, y se retiró al mortuorio temporal situado junto a la bodega de carga.
En su siguiente descanso, él bajó en persona, atraído por una curiosidad morbosa. Asomó la nariz en la puerta. Ella estaba sentada ante su escritorio. La mesa del centro de la habitación todavía no estaba ocupada.
Uh… hola.
Ella lo miró y sonrió rápidamente.
Hola, oficial piloto. Pase.
Uh, gracias. Sabe, no tiene por qué ser tan formal. Llámeme Falco, si quiere —dijo él mientras entraba.
Desde luego, sí así lo quieres. Yo me llamo Tersa.
¿Ah, sí? Tengo una prima llamada Tersa.
Es un nombre popular. En el colegio siempre había al menos tres en mi clase. —Se levantó y comprobó el medidor situado junto a la puerta de la bodega de carga—. Ya debe faltar poco para que cuidemos de él. Está a punto de ser arrastrado hasta la orilla, como si dijéramos.
Ferrell olisqueó, y se aclaró la garganta, preguntándose si debía quedarse o marcharse.
Una pesca algo grotesca.
Mejor marcharme, creo.
Ella tomó la correa de control de la plataforma flotante y se la llevó a la bodega de carga. Hubo unos cuantos sonidos de golpes, y regresó con la plataforma flotando tras ella. El cadáver con el uniforme azul oscuro era de un oficial de cubierta, cubierto de escarcha que se fundía y goteaba en el suelo mientras la tecnomed lo colocaba sobre la camilla de reconocimiento. Ferrell se estremeció de repulsión.
Decididamente, mejor me marcho. Pero se quedó, apoyado contra el marco de la puerta a distancia segura.
Ella tomó un instrumento conectado a los ordenadores. Tenía el tamaño de un lápiz, y emitió un fino rayo de luz azul cuando lo alineó con los ojos del cadáver.
Identificación retinal —explicó Tersa. Sacó un objeto parecido a una almohadilla, también conectado, y lo colocó bajo cada una de las manos de la monstruosidad.
Y de las huellas —continuó—. Siempre hago ambas cosas, y las cotejo. Los ojos se pueden distorsionar mucho. Los errores de identificación pueden ser brutales para las familias. Mm. Mm. —Comprobó su pantalla indicadora—. Teniente Marco Deleo. Veintinueve años. Bien, teniente, veamos qué podemos hacer por ti.
Aplicó un instrumento a sus articulaciones, que se aflojaron, y empezó a quitarle la ropa.
¿Sueles hablar con… ellos? —preguntó Ferrell, nervioso.
Siempre. Es una cortesía. Algunas de las cosas que tengo que hacer por ellos son bastante indignas, pero se pueden hacer con cortesía.
Ferrell sacudió la cabeza.
Creo que es obsceno.
¿Obsceno?
Todo esto de manipular cadáveres. Tantos problemas y gastos para recuperarlos. Quiero decir, ¿qué les importa a ellos? Cincuenta o cien kilos de carne podrida. Sería más limpio dejarlos en el espacio.
Ella se encogió de hombros, sin distraerse de su tarea. Dobló las ropas e hizo inventario del contenido de los bolsillos, que fue colocando en fila.
Me gusta revisar los bolsillos —comentó—. Me recuerda cuando era una niña pequeña y visitaba una casa extraña. Cuando subía sola al piso de arriba, para ir al cuarto de baño o algo así, siempre me gustaba asomarme a las otras habitaciones, y ver qué tipo de cosas tenían, y cómo las conservaban. Si estaban muy ordenadas, siempre me impresionaba: nunca he podido ordenar mis cosas. Si era un desorden, consideraba que había encontrado un alma gemela. Las cosas de una persona pueden ser una especie de morfología exterior de su mente: como la concha de un caracol, o algo así. Me gusta imaginar qué clase de personas eran, por lo que tienen en los bolsillos. Ordenadas, o desordenadas. Obediente a las reglas, o llenos de cosas personales… Pongamos por ejemplo al teniente Deleo, aquí presente. Debió ser muy ordenado. Todo según las reglas, excepto este pequeño disco vid de casa. De su esposa, imagino. Creo que debió ser una persona muy agradable.
Colocó la colección de objetos cuidadosamente en una bolsa etiquetada.
¿No vas a escucharlo? —preguntó Ferrell.
Oh, no. Eso sería entrometerme.
Él soltó una carcajada.
No veo la diferencia…
Ah. —Ella completó el reconocimiento médico, preparó la bolsa de plástico, y empezó a lavar el cadáver. Cuando llegó a la zona genital cuya limpieza era necesaria por la relajación de los esfínteres, Ferrell huyó por fin.
Esa mujer está loca, pensó. Me pregunto cuál será la causa de que haya elegido ese trabajo, o el efecto.
Pasó otro día entero antes de que pescaran un nuevo pez. Ferrell tuvo un sueño, durante su ciclo de descanso, donde estaba en un barco en el mar, e izaba redes llenas de cadáveres que vertía, mojados y brillantes como si tuvieran escamas iridiscentes, en una gran pila en la bodega. Despertó sudando, pero con los pies fríos. Regresó con profundo alivio a su puesto, y se deslizó en la piel de su nave. La nave era limpia, mecánica y pura, inmortal como un dios; uno podía olvidar que alguna vez había poseído esfínteres.
Qué extraña trayectoria —observó, mientras la tecnomed ocupaba de nuevo su puesto en los controles de tracción.
Sí… Oh, ya veo. Es barrayarés. Está muy lejos de casa.
Oh, vaya. Tirémoslo.
Oh, no. Tenemos archivos de identificación de todos sus desaparecidos. Parte del tratado de paz, ya sabe, junto con el intercambio de prisioneros.
Considerando lo que hicieron a nuestras prisioneras, creo que no les debemos nada.
Ella se encogió de hombros.
El oficial de Barrayar había sido un hombre alto, ancho de hombros, comandante según indicaban los galones de su cuello. La tecnomed lo trató con el mismo cuidado que había dedicado al teniente Deleo, y más. Se tomó considerables molestias para ponerlo a punto y convertir con un masaje de las yemas de sus dedos el rostro abotargado en algo parecido a la humanidad. Ferrell la observó con asco creciente.
Ojalá sus labios no se replegaran tanto —observó ella, mientras continuaba con su tarea—. Le dan una mueca que no me parece correcta. Creo que debió ser bastante guapo.
Uno de los objetos de sus bolsillos era un pequeño relicario. Contenía una diminuta burbuja de cristal llena de un líquido claro. El interior de su cubierta de oro estaba grabado con los elaborados signos del alfabeto barrayarés.
¿Qué es eso? —preguntó Ferrell con curiosidad.
Ella lo alzó a la luz, pensativa.
Una especie de relicario, o un recordatorio. He aprendido un montón de cosas sobre los barrayareses estos últimos meses. Nueve de cada diez de ellos llevan amuletos de buena suerte o medallones o algo por el estilo. Los oficiales de alto rango son iguales que los reclutas.
Tonta superstición.
No estoy segura de que sea superstición o sólo costumbre. Una vez tratamos a un prisionero herido… Dijo que era sólo una costumbre, que la gente se los daba a los soldados como regalo, pero que nadie cree realmente en ellos. Pero cuando se lo quitamos, cuando lo estábamos desnudando para operarlo, trató de luchar con nosotros para conseguirlo. Tuvimos que sujetarlo entre tres para administrarle la anestesia. Me pareció algo especialmente notable para tratarse de un hombre al que le habían volado las piernas. Lloró… Naturalmente, se hallaba en estado de conmoción.
Ferrell contempló el relicario que colgaba del extremo de su cadenita, intrigado a su pesar. Colgaba con otra pieza más, un rizo de pelo dentro de un pendiente de plástico.
Una especie de agua bendita, ¿no? —inquirió.
Casi. Es un diseño muy corriente. Se llama «relicario de las lágrimas de la madre». Vamos a ver si podemos… Parece que hace tiempo que lo tenía. Por la inscripción, creo que dice «alférez», y la fecha… debieron dárselo cuando se graduó.
No son de verdad las lágrimas de su madre, ¿no?
Oh, sí. Eso es lo que se supone que hace que funcione como protección.
No parece muy efectivo.
No, bueno… No.
Ferrell hizo una mueca irónica.
Odio a esos tipos… pero supongo que lo lamento por su madre.
Boni retiró la cadena y su pendiente, alzando el rizo en el plástico a la luz y leyendo su inscripción.
No, para nada. Es una mujer afortunada.
¿Cómo es eso?
Este rizo indica que está muerta. Murió hace tres años, por eso está aquí el rizo.
¿También se supone que da buena suerte?
No, no necesariamente. Es sólo un recuerdo, por lo que sé. Bastante agradable, por cierto. El amuleto más desagradable que he visto jamás, y el más único, era una bolsita de cuero que colgaba del cuello de un tipo. Estaba lleno de tierra y hojas, y otra cosa que me pareció el esqueleto de un animal parecido a un sapo, de unos diez centímetros de largo. Pero cuando lo miré con más atención, resultó ser el esqueleto de un feto humano. Muy extraño. Supongo que era algo relacionado con la magia negra. Parecía algo extraño para tratarse de un oficial ingeniero.
No parece que ninguno de ellos funcione, ¿no?
Ella sonrió amargamente.
Bueno, si hubiera alguno que funcionara, no los veríamos, ¿no?
Continuó con su trabajo, lavando la ropa del barrayarés y vistiéndolo de nuevo con cuidado, antes de meterlo en la bolsa y devolverlo al congelador.
Esos barrayareses están tan picados con el Ejército —explicó—, que me gusta guardarlos con sus uniformes. Significan mucho para ellos. Estoy seguro de que están más cómodos con ellos.
Ferrell frunció el ceño, incómodo.
Sigo pensando que deberíamos tirarlo con el resto de la basura.
De ningún modo —dijo la tecnomed—. Piensa en todo el trabajo que significa a cargo de alguien. Nueve meses de embarazo, el parto, dos años de pañales, y eso es sólo el principio. Decenas de miles de comidas, miles de historias para dormir, años de colegio. Docenas de maestros. Y toda esa formación militar también. Un montón de gente trabajó para crearlo.
Alisó un rizo de pelo del cadáver y lo puso en su sitio.
Esa cabeza contuvo el universo, una vez. Tenía un buen rango para su edad —añadió, comprobando de nuevo su monitor—. Treinta y dos años. Comandante Aristede Vorkalloner. Tiene una especie de sonoridad étnica. Un nombre muy barrayarés. Vor, además, uno de esos tipos perteneciente a la casta de los guerreros.
Chalados de clase homicida. O peor —dijo Ferrell automáticamente. Pero su vehemencia, de algún modo, había perdido impulso.
Boni se encogió de hombros.
Bueno, ahora se ha unido a la gran democracia. Y tenía unos bolsillos interesantes.
Pasaron tres días más sin otra nueva alarma que una rara dispersión de residuos mecánicos. Ferrell empezó a esperar que el barrayarés fuera la última captura que tuvieran que hacer. Se acercaban al final de su perímetro de búsqueda. Además, pensó resentido, este trabajo estaba saboteando la eficacia de su ciclo de sueño. Pero la tecnomed hizo una petición.
Si no te importa, Falco —dijo—, agradecería si pudiéramos continuar unas cuantas órbitas más. Las órdenes originales se basan en la estimación media de la velocidad de la trayectoria, y si alguien recibió un poco de impulso extra cuando la nave se partió, bien podría estar más allá.
Ferrell no se mostró demasiado entusiasmado, pero la perspectiva de un día más de pilotaje tenía sus atractivos, y accedió a regañadientes. El razonamiento de ella dio sus frutos: antes de que hubiera terminado el día, encontraron otra horrible reliquia.
Oh —murmuró Ferrell cuando se acercaron a mirar. Era una oficial femenina. Boni la recuperó con enorme ternura. Él no quiso ir a mirar esta vez, pero la tecnomed parecía esperar que lo acompañara.
Yo… la verdad es que no quiero ver a una mujer reventada —trató de excusarse.
Mm —dijo Tersa—. ¿Es justo entonces rechazar a una persona sólo porque está muerta? No te habría importado nada ver su cuerpo cuando estaba viva.
Él se rió un poco, macabramente.
¿Igualdad de derechos para los muertos?
La sonrisa de ella se torció.
¿Por qué no? Algunos de mis mejores amigos son cadáveres.
Él hizo una mueca.
Ella se puso seria.
Me… me gustaría tener compañía, con ésta. —Ocupó su puesto de costumbre junto a la puerta.
La tecnomed depositó la cosa que había sido una mujer sobre la mesa, la desnudó, la examinó, la lavó y la preparó. Cuando terminó, besó los labios muertos.
Oh, Dios —exclamó Ferrell, horrorizado y asqueado—. ¡Estás loca! ¡Eres una maldita, maldita necrófila! ¡Y una necrófila lesbiana, además!
Se dio la vuelta para marcharse.
¿Es eso lo que te parece? —La voz de ella era suave, sin expresar ofensa alguna. Eso hizo que él se detuviera y mirara por encima del hombro. Ella lo miraba tan amablemente como si fuera uno de sus preciosos cadáveres—. En qué mundo tan extraño debes de vivir, dentro de tu cabeza.
Abrió un maletín y sacó un vestido, delicada ropa interior y un par de zapatillas blancas bordadas. Un vestido de novia, advirtió Ferrell. Esta mujer es una psicópata de primera…
Vistió el cadáver y arregló con delicadeza su suave pelo oscuro antes de guardarlo en la bolsa.
Creo que la colocaré con ese guapo barrayarés —dijo—. Me parece que se habrían gustado, si se hubieran podido conocer en otro tiempo y lugar. Después de todo, el teniente Deleo estaba casado.
Completó los datos de la etiqueta identificativa. La agotada mente de Ferrell le enviaba pequeños mensajes subliminales; se esforzó por superar la conmoción y el asombro, y prestó atención. Su conciencia se despejó con un sobresalto.
No ha hecho una comprobación de identificación con ésta.
Sal por la puerta, se dijo, es lo que tienes que hacer. En cambio, tímidamente, se acercó al cadáver y comprobó la etiqueta.
Alférez Sylva Boni, decía. Veinte años. La misma edad que él…
Estaba temblando, como si tuviera frío. Hacía frío en aquella sala. Tersa Boni terminó de preparar el paquete, y volvió con la plataforma flotante.
¿Tu hija? —preguntó. Fue todo lo que pudo decir.
Ella frunció los labios y asintió.
Es… una maldita coincidencia.
En absoluto. Solicité este sector.
Oh. —Él tragó saliva, se dio la vuelta, volvió, el rostro enrojecido—. Siento haber dicho…
Ella sonrió con tristeza.
No importa.
Encontraron un poco más de residuos mecánicos, así que accedieron a trazar otro círculo, para asegurarse de que todas las trayectorias quedaban cubiertas. Y, sí, encontraron otro cadáver: desagradable, girando salvajemente, las tripas abiertas por un gran golpe y colgando en una cascada congelada.
La acólita de la muerte hizo su sucio trabajo sin arrugar siquiera la nariz. Cuando empezó a lavarlo, la menos técnica de las tareas, Ferrell dijo de repente:
¿Puedo ayudarte?
Desde luego —respondió la tecnomed, haciéndose a un lado—. Un honor no disminuye por compartirlo.
Y eso hizo, con la timidez de un aprendiz de santo que lava a su primer leproso.
No tengas miedo —dijo ella—. Los muertos no pueden hacerte daño. No te causan dolor, excepto el de ver tu propia muerte en sus rostros. Y he descubierto que podemos enfrentarnos a eso.

Sí, pensó él, los buenos se enfrentan al dolor. Pero los grandes… los grandes lo abrazan.

martes, 13 de octubre de 2015

Nuevo artículo en «Homonosapiens»


Acaba de salir publicado mi segundo artículo de colaboración con la revista digital «Homonosapiens», una publicación que se define como «una revista online de divulgación generalista que aspira a proporcionar un entretenimiento consciente a sus lectores. Temática diversa a través de la cual se intentará lanzar la pregunta; ¿somos realmente Homo Sapiens?»

Aquí os dejo el enlace, espero que os parezca interesante. 


«Valores y nuevos aires educativos

sábado, 4 de octubre de 2014

LA ESTRELLA DE LA ÉTICA: EL VALOR DE TENER VALORES


Saludos a todos, tras un largo y cálido verano (título, por cierto, de una película que me gusta mucho, protagonizada por Paul Newman, Joanne Woodward y Orson Welles). En estos momentos ando preparando un curso sobre la importancia de los valores en el desarrollo personal, y eso me ha hecho rescatar un artículo que escribí sobre los valores hace unos meses, en el nº46 de la revista El mundo de Sophia Como por aquel entonces todavía no existía este blog, aprovecho la oportunidad para compartir dicho artículo. Espero que os guste.

EL VALOR DE TENER VALORES

Al igual que la filosofía en general, en nuestros tiempos, ha sido prácticamente relegada a los ámbitos académicos y poco más, una de sus más importantes disciplinas, la Ética, está todavía más olvidada. Varios siglos después de la Revolución Industrial nuestro sistema educativo, que se proyecta en todos los ámbitos de nuestra sociedad, sigue anclado en aquella cosmovisión; una cosmovisión que buscaba formar trabajadores y consumidores que desarrollasen y mantuviesen ese sistema. En un marco formativo de estas características no interesa que la filosofía salga de los ambientes universitarios y eruditos, dado que puede resultar sumamente peligroso que los ciudadanos cuestionen el sistema de valores en el que viven, su sentido teleológico. Interesa todavía menos que la Ética abandone su lugar de ideal irrealizable, tan utópica que ya nadie habla de ella más que en sus variantes desprovistas ya del corazón impulsor: ética médica, ética política, ética laboral, etc. Tales éticas, muchas veces, no son éticas en el verdadero sentido de la palabra, sino que son formas de limpiar imagen de cara a la sociedad.
Ya son muchas las personas, desde distintos ámbitos, que empiezan a hablar de la necesidad apremiante de educar en valores, para que los futuros líderes e integrantes de nuestra sociedad sean más respetuosos con la naturaleza, con los hombres y con el mundo en general. Como muestra de rebeldía social, y forma de despertar conciencias, podríamos decir que hoy día hay que tener el valor de tener valores, y para ello es necesario comprender íntimamente el valor de tener valores. Parece un juego de palabras, pero es una realidad. Los valores se fundamentan en algo, y ese algo es una ética. No hablo de ninguna moral concreta, sino de una forma de ser y de estar en el mundo. De ahí que la palabra ética provenga del vocablo êthos, que posee dos sentidos fundamentales. El primero viene a significar el suelo firme, el fundamento, del que brotan todos los actos humanos. El segundo, a partir de Aristóteles, significa “modo de ser”. Ambas acepciones son complementarias: el fundamento ético se plasma en un modo de ser, de actuar.
Decía el filósofo Inmanuel Kant que el hombre, como cuerpo, está sujeto a las leyes de la naturaleza, pero moralmente es libre. Esa libertad interior, entre otras cosas,  impide que el hombre pueda eludir la responsabilidad de sus actos y, por ende,  de su propia vida. También instaba Kant a que el hombre abandonase la minoría de edad, que implica que los demás te digan lo que tienes que hacer, decir y pensar.
“La pereza y la cobardía son las causas de que una gran parte de los hombres permanezca, gustosamente, en minoría de edad a lo largo de la vida (…); y por eso les ha resultado tan fácil a otros el erigirse en sus tutores”. (Respuesta a la pregunta: ¿qué es la ilustración?)
Cuando no se tienen valores propios, libremente reflexionados y aceptados, es fácil que otros se erijan en “tutores”. Creo que en el momento presente abandonar la minoría de edad es de gran urgencia, que el responsabilizarse de los propios actos y de sus consecuencias es de gran urgencia. Es más fácil permanecer en minoría de edad, que te digan lo que tienes que hacer y no pensar por uno mismo, y si el fruto de tus actos es dañino, no hacerte responsable porque has hecho lo que te dijeron que había que hacer, o lo que está socialmente aceptado. No obstante, en vista de la trayectoria de nuestro globalizado mundo, me temo que no nos podemos permitir ese lujo por más tiempo.
Ante la pesada losa de “está todo tan mal que es imposible cambiarlo, ¿qué puedo hacer yo?”, la tan manida respuesta, y no por ello menos real y contundente, de Gandhi: “sé el cambio que quieres ver en el mundo”. Si nos sacudimos todos  la pereza de empezar nosotros mismos a ser lo que internamente, moralmente, libremente, queremos ser el cambio está garantizado. Pero los cambios siempre dan miedo, el no saber qué pasará después. Lo bueno, por decirlo de alguna manera, de la crisis mundial que estamos viviendo es que nos pone en la tesitura de no temer qué pasará después, porque no puede ser peor de lo que está pasando en el momento presente. No hace falta hacer una gran revolución, poner tu vida patas arriba pues, como se suele decir, gota a gota se llena el vaso. Si nos sentimos capaces de una gota, y otra gota, y otra gota… ya estaremos cambiando cosas, aunque desde fuera sea imperceptible. Si nos sentimos capaces de más, pues más, no seamos tímidos. Esto que estoy diciendo aquí no es nada nuevo, si se repasa la vida y la obra de todos los grandes filósofos, y no filósofos, éticos de la historia, están diciendo esto mismo, con distintos lenguajes y en marcos históricos diferentes.
¿Cuál sería ese suelo firme que sustenta nuestros actos? Nuestro ideal de lo que es, o debiera llegar a ser, el hombre. Los valores reales de cada época (es decir, lo que realmente se hace, y no lo que se dice que debiera hacerse) se derivan de la idea de ‘Hombre’ vigente. Esto da mucho que pensar, pues cuanto más excelsa es la idea de lo que es el hombre, más elevada será la moral de esa sociedad. Si consideramos que nuestro mundo tiene una moral muy pobre, es que se sustenta en un ideal humano muy limitado. No vemos a los hombres como gigantes en potencia, sino como enanos llenos de defectos y contradicciones. Si el hombre está convencido de esto, será incapaz de ir más allá de esa “enanez”; incluso el ir más allá de esa pequeñez impuesta puede estar mal visto. Parece que nuestra sociedad premia el “ser normal”, llevar una vida “normal” (no ser “normal” parece sólo admisible en el cine o en las series televisivas), y se tiende a no reconocer ni fomentar la verdadera grandeza (que no es ganar una final de futbol o un Oscar de cine). De ahí, de nuevo, la idea implícita de que en nuestro momento histórico hay que tener el valor de tener valores.
Como fórmula ética general, sin un contenido moral concreto, de nuevo Inmanuel Kant nos legó una herramienta extraordinaria, que podríamos resumir así: obra de modo que puedas querer que lo que haces sea ley universal de la naturaleza, es decir, plantéate si te gustaría vivir en un mundo en el que todos hiciesen lo que tú pretendes hacer. Recientemente en las noticias salía a la luz un nuevo derrumbamiento de un edificio de Bangladesh donde se ubicaban varios talleres de confección para primeras marcas de ropa de occidente. Murieron más de cien personas, y es algo que sucede con cierta frecuencia debido a las casi inexistentes medidas de seguridad (eso sin entrar en los horarios abusivos, la falta de higiene y derechos del trabajador, etc.). ¿Nos gustaría vivir en un mundo en que todos los trabajadores, nosotros incluidos, realizasen su labor en esas condiciones? Si la respuesta es no, ¿por qué lo permitimos? Podríamos exigir a las grandes firmas de ropa que nos garantizasen que sus productos responden a unos mínimos estándares éticos, y la forma de conseguirlo sería no comprarles mientras no exista dicha garantía. El diseñador Juanjo Oliva, en una entrevista reciente, hablaba de la locura en que se ha convertido la moda a nivel consumo, y que no necesitamos tanto. Habría que exigir una mayor calidad, no sólo textil sino humana, y si eso implica que por el mismo dinero podremos comprar la mitad…, tengamos el valor de hacerlo.
En definitiva, se trata de trabajar el discernimiento entre lo que puede ser beneficioso y lo que puede llegar a ser perjudicial, y de hacerse libres para enfocar lo que hemos elegido como correcto. Se trata de “hacerse a uno mismo”, como decía Aristóteles, ir estableciendo una escala de valores propia y personal que oriente nuestros actos, pues sin guía actuamos conforme impulsos, modas, presiones sociales o lo que otros dicen que debemos hacer. Esto último lleva a muchas crisis personales, porque se termina perdiendo el sentido de lo que se hace, para qué se hace y por qué se hace. Descubrir, más tarde o más temprano, que lo que estamos haciendo no lo hemos decidido nosotros y, por lo tanto, nuestro ser no está en ello es siempre sumamente revelador e inspirador; pero también puede resultar terrorífico, depende de a que alturas de la vida nos pille el descubrimiento.
Seamos más jóvenes o más maduros, tengamos en nuestras manos la educación de nuestros hijos o la de los ajenos, aunque sea sólo por nuestro ejemplo de vida, plantemos la semilla de la lúcida reflexión y de la libertad interior; y cuidemos de todos esos tiernos brotes que se convertirán en altos ideales humanos: hombres y mujeres con mentes despiertas y creativas, convicciones sólidas y bien fundamentadas,  actos generosos y bondadosos, dignos medios de vida y que tengan al resto de los seres humanos, y por extensión el planeta en el que viven, como el bien más preciado.