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viernes, 28 de septiembre de 2018

LA FORMA EN QUE NOS MIRAMOS




El otro día leía un artículo de Caitlin Moran en el que contaba que había engordado un par de kilos y que se suponía que debería importarle -incluso había estado esperando la aparición de una "vocecilla" insidiosa y critica- y la verdad es que no le importaba. Un par de kilos no es un tema de salud sino un tema meramente estético.
Su desparpajo y su aceptación de la situación me hizo reflexionar acerca de la forma en que nos miramos. Hay mucho sufrimiento relacionado con una mala relación con el cuerpo, lo veo a diario. Nuestro cuerpo es un elemento fundamental en la construcción de nuestra identidad y por ese motivo no es un tema a tratar con ligereza. Creo que al ser un tema tan importante y generar tanto sufrimiento, se merece que nos paremos todos y cada uno de nosotros a revisar nuestras creencias al respecto, que reflexionemos acerca de la realidad de lo que yo creo sobre mi físico y sobre la importancia que este tiene dentro de ese Todo que soy Yo. 
Para empezar lanzo una pregunta, ¿crees que tú o que yo somos capaces de ver la Realidad, con mayúsculas, o vemos una realidad interpretada, una realidad con minúsculas? Es decir, una realidad filtrada por mis ideas, por aquellos que deseo, por aquello de lo que huyo, por mis experiencias previas... En definitiva, por mi cosmovisión. Si esto es así, y si yo tengo la creencia de que carezco de atractivo físico, por ejemplo, de que estoy un poco gorda, de que no tengo un pecho bonito, de que con mi físico no me van a querer, etc. Si yo tengo esa creencia, ¿crees que si la Realidad objetiva fuese que soy preciosa, que soy tan guapa como... (que cada cual ponga en su mente a su ideal de belleza), crees que si esa fuese la Realidad cambiaría algo? ¿Yo sería capaz de apreciarla? ¿Sería capaz de darme cuenta? No, no lo creo. Todos sufrimos algún grado de distorsión de nuestra imagen corporal porque, como sujetos que somos, para nosotros la realidad siempre será, en mayor o menor medida, subjetiva. No, lo importante es lo que pensamos, en este caso, sobre quién soy y sobre cómo soy, sobre qué es bello y qué no lo es, sobre lo que hace que una persona sea digna de amor y qué no, etc. 
Recuerdo con mucho cariño a quien fue mi primera asesorada, una mujer bellísima: alta, delgada, rubia, muy elegante y estilosa que ya andaba por los cincuenta y pico de años. Me decía que era incapaz de ir a la playa y disfrutar porque estaba muy pendiente de su cuerpo, que en lo único en lo que podía pensar era en sus “imperfecciones”, con lo cual cuando “tenía” que ir a la playa por algo siempre lo hacia tapada de arriba a abajo. Desde su momento presente, mirando a su pasado, se sentía tonta porque veía sus fotos de cuando era una jovencita y se reconocía preciosa: guapa, delgada, estilosa... Se daba cuenta ahora y se echaba en cara no haber disfrutado más de su físico en lugar de esconderlo. Se recriminaba eso sin darse cuenta de que, en la actualidad, estaba repitiendo exactamente el mismo patrón. La mujer que yo veía y la mujer que ella veía eran realidades muy distintas.
Utilizando la metáfora de la película Matrix, ciertamente vivimos en un matrix, una “realidad virtual” que no ha tenido que crear ninguna inteligencia artificial malvada sino que nos la hemos creado nosotros mismos. De todas las realidades que podíamos generar, hemos creado una difícil y dolorosa, un matrix en el que aquí y ahora siempre falta algo, un algo que nos impide disfrutar plenamente de ser quienes somos, de lo que tenemos en este momento. 
Me pregunto por qué ocurre esto. Creo de verdad en lo que afirmaban Sócrates o Espinosa, que el impulso natural de todos nosotros siempre está orientado hacia nuestro bien. Ciertamente, existe un impulso natural de todo lo viviente por desarrollarse, por crecer, por mejorar, por ganar en fortaleza, en expresión, en potencia. Eso está en el entramado mismo de la vida. No sé vosotros, pero yo nunca le he escuchado decir a alguien “me gustaría ser más tonto cada día”. Si yo lo que busco siempre es mi bien es evidente que ese impulso no solo no es el problema sino que es imposible aniquilarlo, quizás adormecerlo o pervertirlo pero no hacerlo desaparecer. Se dice que si se dan las circunstancias apropiadas todo tiende a desarrollarse al máximo. Bien, ¿quién dice que no es así?, ¿y si resulta que sí que se dan, siempre, las circunstancias apropiadas? No necesariamente las circunstancias que me gustan, pero sí las que necesito. Solo si me “creo” la historia de que las circunstancias, o mis circunstancias, son negativas o dañinas y que me impiden estar en paz y ser feliz, solo entonces (cuando asiento a esa idea y la convierto en una creencia) mis circunstancias me harán daño, me impedirán estar en paz y ser feliz.
Volviendo al tema que nos ocupa, si yo deseo ser bella porque tengo en mi el anhelo por desarrollar mi Belleza en su máxima expresión, ¿significa eso necesariamente que no soy ya bella o que la belleza es una cuestión meramente estética? ¿Quién lo dice? Por otro lado, ¿la mejor forma de desarrollarme, sea en el aspecto de la belleza o en cualquier otro, es desde un sentimiento de carencia? ¿Su efecto no es más bien el contrario? Paralizarme, menospreciarme, castigarme, esconderme, fustigarme, etc.
Yo amo la belleza de las formas porque me produce placer observarla (y tocarla, oírla, saborearla, olerla) y ese placer me genera un estado interno que es lo que verdaderamente tiene valor. Platón diría que ese bienestar viene de que la Belleza despierta en nosotros la reminiscencia de nuestra patria celeste, de ese lugar/estado de felicidad que nos pertenece y que queda sepultado por el “barro” de la ignorancia. Por eso anhelamos la belleza, por eso es importante estar rodeados de belleza (objetos bellos, personas bellas, sentimientos bellos, músicas bellas, lecturas bellas), que todo sea un recordatorio de lo que soy y de lo que quiero realmente en mi vida. La belleza la veo más como un sentir que como algo “objetivamente” bello: si yo siento que soy bella me veré bella, y si siento que el mundo es intrínsecamente bello más allá de que esté, igual que yo, en proceso de desvelamiento, lo veré bello. 
Alguien me podría decir que eso es una sugestión, puede ser, pero, ¿no es también una sugestión creer que no soy bella? Yo no abogo por cambiar una sugestión por otra, abogo por, primero, darme cuenta de que lo que yo creo no tiene por qué ser verdad. No estoy obligada a asentir a todas las ideas que pasan por mi mente. Creer que no soy bella no es más que haber asentido a una idea que pudo haber llegado a mí de muchos lugares (mis padres, mi educación o una mala experiencia) y, segundo, una vez que te empiezas a cuestionar la verdad de esa creencia se trata de ver qué efectos tiene sobre ti y sobre los demás creer eso y quien serías tú sin esa creencia. Puede que te des cuenta de que no te aporta nada bueno, todo lo contrario. Solo eso ya pone en claro cuestionamiento esa idea porque cualquier creencia que me robe poder, que me robe fuerza y confianza, va en contra de ese anhelo puro por crecer un poco cada día. Es decir, va en contra de la condición misma de la vida. Incluso, puede que tener esa creencia sí te afee: puede que te haga esconderte de los demás y ser de trato poco agradable; o que estés demasiado pendiente de ti y te vuelvas poco generosa; o que te maltrates; o que seas tristona y eso haga que la gente termine huyendo de ti. Todo eso sí afea. 
Repito, no se trata de cambiar un patrón por otro patrón más “adaptativo”, se trata de ir observando más y más qué hay de verdad en esas creencias para ir dejando de lado lo que descubro que no soy y dando espacio a vivir lo que sí soy. Si me doy cuenta de que la creencia de que no soy bella, o de que no soy suficientemente bella, es lo que, en realidad, me está restando brillo y belleza (y no que sea más o menos alta, más o menos delgada, más o menos rubia), eso está en el ámbito, como bien nos recuerdan los filósofos estoicos, de lo que depende de mi. Darme cuenta de eso me permite empezar a vivir lo que sí soy: si me estaba escondiendo empiezo a mostrarme, a desvelarme; si estaba demasiado pendiente de mí y no “veía” a los demás practico la generosidad de estar presente en la relación y olvidarme un poco de mí misma; si descubro que me trato mal, que soy dura, inflexible, que voy con la “cara larga” por la vida empiezo a tratarme bien, a quererme, a suavizar mis rasgos, eso me dará una luz y una ligereza que está más próxima a la Belleza que un “careto” amargado, una postura corporal demasiado rígida y cerrada, estar todo el día dandole vueltas a “mis” imperfecciones o tener comportamientos compulsivos en pos de que me quieran porque yo no soy capaz de quererme. 
Empecemos a mirarnos mejor, aunque solo sea por mostrar un básico respeto hacia lo mejor de nosotros mismos y una mínima compasión por nuestras vulnerabilidades. Y a partir de ese primer paso vayamos soltando ataduras, miedos, creencias limitadas “porque Yo lo valgo”, y ese “yo” no es el yo pequeñito que nunca se siente suficiente sino es ese Yo, con mayúsculas, que quiere lo mejor para nosotras no por sentirse carente sino, todo lo contrario, por sentirse, citando a Walt Whitman, inmenso y contener multitudes. 

martes, 24 de mayo de 2016

LA MIRADA FILOSÓFICA

Nuestras experiencias vitales, que no nuestras circunstancias de vida (empleando el término que utiliza Eckhart Tolle), dependen en gran medida de nuestra forma de mirar el mundo y hoy quiero compartir aquí algunas impresiones sobre lo que yo siento que es un mirar filosófico.
A nadie le gusta, conscientemente, ser engañado. Todo hombre ansia comprender lo que le sucede y lo que sucede en su entorno. El impulso de buscar lo verdadero, lo auténtico, lo real forma parte de nuestra naturaleza, es indisociable a esta. Si entendemos por filosofía amor a la sabiduría, este impulso bien canalizado da nacimiento a esa mirada filosófica. Aprender para poder obrar sobre la materia, para estar al día, para dotarnos de un aura de intelectualidad, para tener algo de que hablar, para lograr un puesto de trabajo…, nada de esto es verdadero saber. Son metas legítimas, por supuesto, pero si hacemos de ellas nuestros objetivos primordiales nos veremos abocados a una vida empobrecida, carente de plenitud y creatividad.
Como muy bien descubrió Viktor Frankl, psicólogo humanista, el ser humano tiene una profunda exigencia de sentido. El que afronta su vida y sus actividades como Sísifo afrontaba diariamente su infructuosa tarea, se sumerge en el más profundo vacío. Sísifo es un personaje de la mitología griega que, cuando va al infierno, el castigo que se le impone es precisamente ese, el de tener que realizar eternamente una tarea infructuosa: subir una gran roca a lo alto de una montaña y, justo antes de llegar, ver como esta caía rodando hacia abajo y vuelta a empezar, eternamente. El sinsentido es, ciertamente, un castigo infernal.
La pregunta que nos debemos hacer periódicamente no es acerca del sentido de la vida, sino acerca del sentido de mi vida, de su dirección. ¿Sé hacia dónde voy? ¿He reflexionado sobre ello? ¿Qué es lo que quiero, realmente? ¿En mi día a día estoy dedicando un tiempo a aquello que realmente quiero, o mi día a día esta plagado de actividades estrictamente utilitarias? Los grandes filósofos siempre han dicho que la filosofía no es algo utilitario, como el verdadero arte, sino que se le busca, se le ama, por sí misma. No sé si esto se entiende bien, pero es importante. Uno es filósofo no porque tenga un título, sino porque ama la verdad, y este amor le transforma y le lleva a una vida feliz, serena, plena. Pero no es porque la meta sea la felicidad. Si uno se acerca a la filosofía con la meta de la felicidad, o de la erudición, o cualquier otra, su mirada, esa mirada filosófica de la que hablo, se estrechará. En cambio si uno, humildemente, lo que busca es la verdad y que ésta tome posesión de él, su mirada se ampliara hasta abarcarlo todo.
Cuenta Viktor Frankl, cuando narra su experiencia como psicólogo y como hombre que ha estado en un campo de concentración nazi, que aquellos que tenían una rica vida interior, que sentían que había «sentido» en ella (alguien que les estaba esperando, un proyecto que sentían la necesidad vital de realizar, etc.) soportaban mucho más, y con una mayor dignidad, que aquellos que carecían de ese «sentido» vital. En consulta filosófica he conocido ya a muchas personas que objetivamente parecen tenerlo todo, pero que sienten que no tienen nada real, verdadero. Creen que no tienen ningún asidero firme que las sostenga, que les proporcione sentido y plenitud cuando todo lo que hay que hacer es cambiar el enfoque, la forma de mirar.
La mirada filosófica de la que estoy hablando nace cuando contemplamos las distintas realidades que se nos muestran sin objetivo alguno, sin tratar de extraer de ellas una función, una utilidad, un concepto. Observamos con sed de comprensión, de penetrar en su verdadero ser. Nada más, no hay exigencias, y como no exigimos se nos entrega Todo. ¿Qué pasa a partir de ahí?, no se puede expresar con un lenguaje racional, de ahí que los grandes maestros de sabiduría, místicos, artistas, etc. , hayan tenido que envolver su vivencia con colores, sonidos, metáforas, paradojas…

Artículo aparecido en Homonosapiens. http://www.homonosapiens.es/la-mirada-filosofica/

martes, 27 de octubre de 2015

LA COMIDA QUE SIENTA BIEN


El tema de la comida, en nuestro mundo de prisas y obsesiones nutricionales, puede llegar a convertirse, para muchas personas, en un auténtico infierno, una obsesión, o algo irrelevante que se ha de hacer por pura necesidad fisiológica.

¿Cual es el equilibrio perfecto? ¿Cómo hacer para que la comida te alimente, nutricionalmente hablando, y te siente bien? Yo soy la primera que se lo pregunta tratando, como siempre, de encontrar un equilibrio en todo lo que hago. Para responder a esta pregunta traigo las palabras que Antonio Blay (padre de la psicología transpersonal en España) escribe sobre este tema en su Yoga Integral.

«La comida
Hay que tomar alimentación básica completa, que no sea exagerada de ningún modo, ni en cantidad ni en ninguno de sus componentes y que sea sabrosa. Muchos creen que el Yoga requiere austeridad en todo lo que se refiere a la sensación y sensibilidad normales. Esto es completamente falso. Hay que saborear, hay que encontrar gusto en la comida, porque el gusto facilita la digestión. ¡Saber saborear la comida, saberla sazonar bien, comer con gusto! ¡Cuántas personas hay que comen sin darse cuenta apenas de que están comiendo y sin saber qué comen! ¡Y después se quejan de que la digestión es pesada! Si estas personas se centraran en el acto de comer y comieran atentas, bien conscientes de lo que están haciendo, en un estado afectivo alegre, optimista, harían la digestión con mucha mayor rapidez y la comida les nutriría mucho más, pues la asimilarían mejor.
De entrada no podemos aconsejar a nadie que se limite a un régimen exclusivamente vegetal, como se hace en algunos libros de Yoga. Esto puede ser de absoluta necesidad para quien practica Yoga de modo total y exclusivo, pero en principio no lo creo necesario, ni sé que las investigaciones dietéticas hayan llegado a una conclusión clara en este sentido: no estimo que sea mejor un régimen de alimentación exclusivamente vegetariana que un régimen mixto. Por tanto me parece que nadie debe preocuparse demasiado por ello. Lo principal es que aprenda a comer moderadamente, con alegría y a distinguir los alimentos. Vigilar cómo le sientan, cómo afectan a su organismo.
También, respecto de la comida, hemos de decir que nunca debe ponerse uno a comer estando muy tenso, porque el aparato digestivo no está entonces preparado para poder digerir. Conviene siempre descansar antes un poco, pasear, o hacer algo que distraiga, que distienda. Por eso aconsejo a las personas que sufren un mal crónico de estómago que hagan una pequeña sesión de relajación antes de la comida, en lugar de echarse después para la clásica siesta, como suele aconsejarse, o además de ella, si se puede y cuesta dejarla.»

Es interesante, ¿verdad? Disfrutar de una comida sabrosa, comer con gusto, de forma relajada y distendida... Atender a las sensaciones, a cómo te sientan los distintos alimentos... Suena muy actual, pero este texto de Antonio Blay es de 1969.